domingo, 11 de enero de 2009

EL HOMBRE QUE SABIA DEMASIADO

“Pablo, la razón es narrativa”, me solía apuntar cuando –como es habitual- me iba por las ramas, y supongo que lo seguirá haciendo porque no creo que perdamos el contacto. Al fin y al cabo, sólo se ha retirado del baloncesto, pero no parece sencillo que pueda dejar de ser mi hermano. Hay cosas, menos mal, que no dependen ni de su voluntad, ni de mis méritos. Gonzalo Martínez, Gonzalito para los de Estudiantes, o G-MAN en Gran Canaria (hay vestuarios más modernos que otros), se ha vuelto a adelantar a los acontecimientos: esta vez, se adelantó a su último contrato deportivo. Vio más allá –como es habitual-, analizó el problema, y tomó una decisión. Seguramente de nuevo la correcta. Es la historia de su vida, qué se le va a hacer. La historia de un privilegiado individuo que ha venido utilizando montones de herramientas sobre las que apoyarse y no dejar de crecer. Y uno, que le ha podido seguir de cerca, que se tiene por curioso y que además lo admira, a veces se preguntaba: ¿no se le quedará escaso este superficial juego del baloncesto? La respuesta era evidente. No, porque siempre lo supo vivir del modo correcto. Gonzalo ha sido uno de esos pocos elegidos capaces de jugar y disfrutar con el baloncesto cuando tocaba jugarlo y disfrutarlo; de sufrirlo, estudiarlo y usarlo como una prueba de superación cuando las lesiones venían de visita y decidían quedarse muchos meses en casa; de sacarle rendimiento profesional cuando llegaba el momento, sin ocupar entonces ni un minuto más del preciso en recordar lo que terminaba, ni uno menos del necesario para descodificar el nuevo reto. Y esa ¿inteligencia emocional? Sí, esa (vayan a Wikipedia y verán, si no me creen) ha sido la que, evidentemente, ha terminado provocando reacciones de admiración y de culto por un jugador capaz de calar en la profesión como pocos. “No ha habido un base como él en las dos últimas décadas en Estudiantes”, se lee la red. Y se supone que están hablando de baloncesto. Pero, resulta, que están hablando de algo más cuando otro aficionado recuerda cómo lo felicitó después de un partido ganado fuera de casa, y Gonzalo, sonriendo, respondió: “no hombre, no, es nuestro trabajo; gracias a ti por haber venido a vernos”. Tanto una imagen como la otra son, seguramente, sucesos agrandados por el paso del tiempo, a los que Gonzalo no prestaría demasiada atención, por irreales. Si me dejan hacerlo por él, les diré que ambos, en realidad, se están refiriendo a lo mismo: a su capacidad de hacer lo correcto en el momento preciso, y esa capacidad, queridos futuros deportistas, sirve tanto para meter las 10 o 15 canastas con las que sus equipos lo han tenido que sacar a hombros durante su carrera deportiva al ser, tal vez, el mejor jugador de últimos minutos –libra por libra- en el baloncesto español de estas dos décadas (a mi que me registren, y que le pregunten a Creus, que era el que gritaba en televisión que por favor lo entrevistasen después de evitar el descenso de Estudiantes con la victoria frente al Menorca; su último servicio al colegio que lo educó), como para darse cuenta de su papel dentro de una institución deportiva, que lo llevaba a comportarse sin alardes (“¿tú puedes entender, Pablo, como es posible que un jugador que mete una canasta, se gire a la grada y se la dedique a su prima del quinto anfiteatro…cuando tiene cuatro compañeros en el campo y seis en el banco que llevan meses pasándolas canutas junto a él, coño?”) pero sin ausencias ante el reclamo de aquellos que pagan por el espectáculo (su concentración en el campo, con sus compañeros, y fuera de él, hacia sus aficionados, era exactamente la misma).
Os dejo con la mejor noticia de todas, para cualquier futuro jugador que quiera cogerla al vuelo: “los privilegios se consiguen a base de esfuerzo y constancia, Pablo”. Jamás me lo ha dicho así, pero soy su hermano y sé que lo está pensando.

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