lunes, 9 de marzo de 2009

PETROVIC 44

Curiosamente fue un número que llevó en la NBA, en los Blazers, durante la primera etapa de su aventura americana, la única en la que pareció uno más dentro de un campo de baloncesto. Luego, como recordarán, acabó también convertido en el hombre-franquicia de unos New Jersey Nets temidos en la Conferencia Este. Drazen Petrovic hubiera cumplido cuarenta y cuatro años y en Zagreb, en el pabellón que lleva su nombre, recordaron su vida a través de sus jugadas. Y es que, cuando un genio muere joven, cuesta mucho trabajo imaginarlo de otra forma que, en su caso, vestido de corto y cumpliendo sus sueños de niño baloncestista: anotar más que nadie, y llenar sus equipos de carácter ganador.
Escribía Juan José Millás en uno de sus últimos artículos, a propósito de los estereotipos. “No es lo mismo una novela magnífica, que una novela magnífica y desgarradora, pues el desgarro añade a la magnificencia un plus de legimitidad”. Petrovic fue un jugador magnífico e insolente, y fue precisamente esa insolencia la que primero lo elevó a otra dimensión en el baloncesto europeo. Para el público español, el “estereotipo Drazen” lo generó un partido concreto que disputó con la Cibona frente al Real Madrid en el antiguo pabellón de la Ciudad Deportiva. Es difícil que cualquier amante del baloncesto de esa época haya olvidado aquel partido. Sucedió una tarde-noche de jueves de mediados de los ochenta, y se disputaba la liguilla de la antigua Copa de Europa. Me recuerdo sentado frente al televisor junto a mi hermano, presenciando con la boca abierta la puesta en escena de algo desconocido a ese nivel. Un partido secuestrado de tal modo por la personalidad de un jugador que hizo del resto unos meros comparsas del show, más o menos agradable en función de la camiseta que llevaban puesta. Aquello no fue un partido más, sino Petrovic usando el baloncesto para convencernos de que nadie dominaría como él en Europa. El impacto fue imposible de olvidar en plena adolescencia obsesiva de balón. En el colegio, al día siguiente, todos quisimos practicar su bote entre las piernas, ese gesto tan bonito y eficaz para matar al contrario. Seguramente, mientras lo hacíamos, en el fondo soñábamos con ser los protagonistas algún día de un show parecido.

Diario Público, octubre de 2008

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