viernes, 10 de abril de 2009

CUANDO LA GRADA JUEGA

Contaba un mítico entrenador americano como aprendió a relativizar su trabajo cuando llegó a casa una noche, tras la peor derrota de su equipo durante toda la temporada, y al tratar de recrear el terrible fracaso con su mujer (“…no sólo es la derrota, es toda la gente que lo ha visto por televisión”), ella, simplemente añadió: “cariño, míralo de otro modo: piensa en los casi mil millones de chinos que jamás se enterarán de que jugasteis ese partido”. La escasa audiencia de Teledeporte, queridos Querejeta e Ivanovic, y un país entero de procesión por las calles y por los canales generalistas, significan muchos millones de españoles que jamás se enterarán del choque del Palau.
Estos partidos a vida o muerte, tan baloncestísticos, tienen dos variantes que es necesario diferenciar, para no confundir a los posibles futuros aficionados: por un lado está cualquier último partido de playoff, éste Barça-Tau como claro ejemplo, y por otro está el típico partido único de Copa del Rey, o de finales a cuatro. La diferencia fundamental es la cantidad de ruido dentro del pabellón, y su repercusión en los jugadores. Cuando nos enteramos de que Navarro se había quedado en Barcelona toda la semana cuidando su pierna, en vez de viajar con el equipo a Granada para la jornada de liga ACB, inmediatamente nos lo imaginamos en un Palau vacío, metiendo triples con los ojos casi cerrados, sintiendo el aliento de los 8000 espectadores después de cada acierto. ¡No en nuestra casa! Es el lema que utilizan algunas aficiones para posicionar este tipo de partidos. Cualquier Copa del Rey, cualquier Final four, divide la casa por ocho, o por cuatro. En un quinto partido de playoff, cada triple de ocho metros de un tipo como Juan Carlos multiplica por cuatro, o por ocho, el ambiente de la grada. Sus casi 20 puntos de la primera parte cayeron encima del Tau como si hubieran sido ochenta. Y ya no hubo mucho más que discutir.

Diario Público, 9 abril 09

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