lunes, 13 de abril de 2009

LA PARCELA DE NICKLAUS

El Máster de Augusta es desde ayer un poco más complejo, un poco más bello, mucho más adictivo. Leemos por la mañana las declaraciones de un productor de cine sobre las claves para hacer buena película: “… lo único realmente importante es hacerla con rigor…y quererla”. Vayamos al amor. ¿Cómo se sabe cuándo un torneo de golf se ha parido con amor? Pueden leer la historia, si quieren, sobre la obra de Bobby Jones , o simplemente pueden mirar.
La Chaqueta, siendo lo más visible, es lo de menos. Los rincones, los gestos, el aire en las copas de los árboles, la preparación del campo, la cena de los campeones, los disfraces de los caddies. Y los mitos, sobre todo los mitos. Lo que distingue Augusta (o Wimbledon en el tenis) del resto es la leyenda. El mundo del golf tiene varios campos emblemáticos, Saint Andrews, por ejemplo, es mucho más antiguo y está considerado con razón como la cuna del golf, pero solamente en Augusta se juega el torneo grande que jamás cambia de escenario. En los otros tres que completan el Grand Slam, se va rotando la sede año tras año. Por eso las referencias acaban siendo más imprecisas. Es difícil saber lo que pasó la última vez que se jugó el British en Saint Andrews; fue en 2005 y ganó Tiger (quién si no) pero en ese torneo han ocurrido muchas cosas en muchos sitios. En Augusta, cada año nos acordamos de que en el hoyo 16 alguien la dejará muy cerca el último día (con esa bandera clásica puesta para que la grada disfrute de su entrada), y muchos se liarán en la salida del hoyo 18 por culpa de los nervios, por ejemplo.
Este año, el Pato Cabrera se encontró con el triunfo cuando ya no lo esperaba, pero su victoria, además, contribuyó a mantener vivo el mito del jugador que lo ha ganado en más ocasiones, Jack Nicklaus, pues seguirá siendo el ganador de más edad del torneo (46 años en 1986). Kenny Perry (48 años ahora) tenía en su mano la victoria a dos hoyos del final: ganaba por dos golpes, y todo pintaba a su favor. Pero la historia de amor del torneo con Nicklaus pesó más que el juego de Perry. Augusta quiere a Jack, y necesita seguir ensalzando su figura como sigue alabando la mística del Amen Corner, o como necesita año tras año que Tiger dignifique el juego con su increible capacidad para negar la derrota: ellos son los elegidos, y a la biografía de Perry le faltaba entidad para romper esa historia de amor. La parcela es sobre todo de Jack y Tiger; los demás sólo tenemos derecho a (ad) mirar, como se contempla una buena película en una sala de cine en la que no cabe un alfiler.

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