miércoles, 27 de mayo de 2009

LA MEDIDA DE UN TENISTA

Cuando los ingleses inventaron el tenis y pintaron las líneas, lo lógico es que lo hicieran sobre una superficie de hierba y en la parte de atrás del jardín de algún noble pudiente. Veintitrés de largo, por ocho de ancho. Un juego cómodo. El perfecto pasatiempo de una clase pudiente a la hora del té.
Como es divertido, los demás lo probaron y lo acabaron haciendo suyo. La hierba, escasa por desgracia en casi todos los climas del mundo, fue descartada como elemento principal, sustituyéndose por el cemento y la tierra batida. Y en esta superficie, alguien acabó levantando el bote de la pelota, convirtiendo una distracción amena y fundamentalmente estética, en un juego que también premia el sacrificio. Si la pelota puede viajar a mucha altura, los ángulos se pueden abrir, y entonces el ancho de la pista ya no mide ocho metros. La solución súbitamente pasa por quitarse ropa, preparar la musculatura, poner cara de atleta, y estar preparado mentalmente para ganar cada punto como el que gana una batalla.
La medida principal de un tenista, entonces, deja de ser su muñeca, o su imaginación, y pasa a ser su carácter. ¿Hasta dónde está dispuesto uno a llegar para ganar un partido? Como verán, nada que ver con los genes primeros. Nada que ver con su ancestral patrón de medida.
Casi cien años después de inventar el juego, los nobles ingleses seguirían invitando a Federer a tomar el té a sus mansiones para deleitarse con su capacidad de trasportar la idea original de su pasatiempo: Roger, sigue siendo la medida original del tenis. Pero un siglo después, esos mismos nobles tendrían que aceptar la evolución de su juego hacia el terreno del deseo, de la capacidad de sufrimiento y de la negación de la derrota. En Roland Garros, sobre el polvo de ladrillo, con el bote liftado de un drive subiendo a las nubes, Nadal es el patrón del juego.

Diario Público. Junio 2008

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