miércoles, 23 de septiembre de 2009

EL DEPORTE ESPAÑOL

El deporte español gana muchas cosas. La Davis de tenis, el oro de baloncesto, el fútbol también, y luego los deportistas individuales.
Y todos son recibidos por los políticos, y todos (los políticos) hablan de lo bien que va el deporte español. De su excelente salud.
Sin embargo, las estructuras tienden a que todos los deportistas entren rápidamente en un tubo, al que ya nos referimos aquí a propósito del Caso Ricky-Regal-Penya-Rubio, para que ese tubo sea ciertamente muy contemplado, muy manoseado, muy exitoso en casi todos los deportes, pero sin un calado real sobre las estructuras lógicas que podrían aguantar y sacar de La Moncloa el resultado de cualquier disciplina triunfadora.
Lo lógico es que el deporte español fuera algo que hicieran muchos, en su entorno natural (escuelas, universidades), y que de ahí salieran estructuras diferentes, con sus necesidades particulares, su funcionamiento propio y su reflejo posterior (siempre, siempre, muy, muy posterior) en los impactos a nivel de país.
No se pretende decir que los impactos no sean necesarios, pero pasado mañana seremos (¿seremos?) campeones mundiales de waterpolo, o de natación sincronizada, y se hará una recepción con orgullo, en La Moncloa, y se hablará de la excepcional salud del deporte español (del waterpolo, de la sincronizada), y del orgullo de ser español con deportistas como los de waterpolo y sincronizada.
El peligro es que ni siquiera el baloncesto aguanta la confusión de iniciar las cosas por arriba y en tubo, cuando deberían iniciarse por abajo y en un extenso y abierto territorio, imaginad entonces la confusión que se procura al extender el modelo al waterpolo o a la sincronizada. Pero se hace, y se utiliza, y nos dicen que funciona. Y son cosas españolas, pero no exactamente deporte. Y mucho menos saludable.

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