sábado, 7 de noviembre de 2009

MI HISTORIA (Lew Alcindor), parte 2


Seguimos con el tesoro de andar por casa; la revista Rebote de hace 40 años, y su motivadora asociación con Sports Illustrated a través de la vida de Kareem Abdul Jabbar (entonces conocido por su nombre de nacimiento: Lew Alcindor).
Ya saben, además, que fue una asociación sin conservantes ni colorantes. Tal y como vino del inglés.
“Mucha gente se maravilla de que siendo mi madre de estatura 5’11 (1’80 m. aprox. –nota del tesorero-) y mi padre 6’2 (1’89 m), yo haya llegado a alcanzar esa altura de 7’1 3/8 (2’16 m. aprox.) y 235 libras de peso (lo siento, el peso no lo sé traducir –nota fallida-). Quizá remontándonos a una generación anterior, hallaríamos la respuesta. Mi abuelo medía 6’8 (2’01 m.) y emigró desde Trinidad a Nueva York. Nunca lo conocía, pero mi madre dice que era un ser impresionante con sus grandes bigotes y sus largas barbas. El hablaba yoruba -lenguaje nigeriano-, inglés, y mi abuela hablaba inglés, español, francés y un dialecto de Trinidad, patois.
Nunca en mi casa se habló desconsideradamente de mis antepasados, ni jamás nadie se sintió avergonzado de ellos. Yo siempre me sentí orgulloso de ellos. Me halagaba cuando mi padre me contaba la historia de mi abuelo y como vino a Nueva York a rehacer su vida. Siempre creí que alrededor mío (sic) había algo real, auténtico, y todo ello ayuda a un niño a sentirse consciente de su propio valer y dignidad. Es por ello que nunca me he sentido inferior. Nunca me ha importado la propaganda que se hiciera de mi abuelo. Yo siempre mantuve el sentimiento de la propia estimación (sic). Vayan ustedes a Trinidad hoy mismo y encontrarían un lugar llamado Alcindor Trace, en el distrito de Balandra. Nosotros somos aquellos Alcindor. No somos retrógrados ni nostálgicos, y no nos avergonzamos de nosotros mismos. (…)
(…) Una de las cosas que más me confundieron sobre la mezcla de razas, era que en mi barrio convivían gentes llegadas de Cuba, Rusia, Inglaterra, Alemania, Puerto Rico, Irlanda, y todos convivíamos en nuestra infancia sin diferencias de razas, ni religión, ni color de piel.
Recuerdo que en mi tercer grado de estudios me sorprendió que mi padre me llevara a la calle 125 de Haarlem (sic) cada vez que necesitaba un corte de cabello. Había muchas barberías en nuestro barrio, pero nunca vi un barbero que cortara el pelo a un negro. Esa era la razón. Aunque cuando se lo pregunté a mi padre, me respondió que como la mayoría de los barberos eran blancos no querían servir a los negros. Esto me causó una penosa impresión. Algo así como si a uno le hicieran comer piedras y luego tuviera grandes dolores para digerirlas. Allí empecé a entender el problema racial, que comenzaba por tener que realizar un largo viaje en autobús para un simple corte de cabello".

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