jueves, 21 de enero de 2010

EL TENIS SE CIERRA EN LOS TORNEOS DE GRAND SLAM


Cuando llega un torneo del Grand Slam de tenis, siempre se echa un vistazo a los cabezas de serie, porque se lo han ganado. La manera de clasificarlos es compleja para los que están muy pendientes del negocio (se defienden puntos en algunos torneos, en otros no), pero el resultado final es justo. Además, suele hacerse después una segunda criba en la que se apunta a los 'top ten' como bien colocados para ganar el torneo.
"La cosa esta más abierta que nunca" leímos en boca de Nole Djokovic justo antes de iniciarse el Open de Australia. A priori debería ser cierto, pero existe un dato demoledor. En los últimos 5 años, período en el cual se produjo la irrupción de Nadal y la consagración de Federer como leyenda, solamente 5 jugadores han inscrito su nombre en el palmarés de los torneos de Grand Slam, y tres de ellos (el propio Djokovic; Safin y Del Potro) tan solo lo hicieron una vez.
Es decir, teniendo en cuenta que se disputan cuatro al año, entre Federer y Nadal han ganado nada menos que los 17 restantes. Seis ganó Rafa y 11 el jugador suizo (que venía de ganar 3 del año 2004, por cierto).
Este dato es uno de los que más nos llama la atención en un deporte tan igualado a priori como el tenis, en el cual, por ejemplo, el español Marcel Granollers (que está por encima del número 50 en el ranking) ha eliminado en la primera ronda a Robin Soderling, numero 8 de la clasificación en pleno auge competitivo; seguramente uno de los candidatos a todo cuando Djokovic hablaba del torneo tan abierto.
La única explicación que se nos ocurre para justificar un deporte tan abierto con unos ganadores tan dominantes sobre el resto, es que el concepto tan claro y tan objetivo de mejor jugador del mundo (y Rafa también lo es: al menos así ha sido tratado por sus compañeros de profesión) aporta un extra de energía y confianza ante situaciones de máxima exigencia que separa finalmente al mejor de los muy buenos. Es cierto que el mejor puede perder casi siempre, pero la realidad, y la cruda estadística, se empeñan en demostrar que en los grandes eventos no pierde casi nunca.

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