martes, 7 de junio de 2011

#NADALISMO



“En la pista central de Roland Garros, el domingo, había muchos individuos alentando la derrota del HEXACAMPEÓN español, sin cuidar el mínimo decoro que disimulara sus intenciones” (opinión extraída de twitter al día siguiente)

¡Es indudable, por tanto, que existe una corriente provocada por Rafa!

Nadal es junto a Seve Ballesteros (del que ya comentamos, con motivo de su fallecimiento, su trascendencia en el mundo del golf) y seguramente Miguel Induráin, el único deportista español de la historia con impacto suficiente a nivel individual fuera de nuestras fronteras, y seguramente también es el más conocido de todos, por encima incluso de los futbolistas, ya que su deporte impacta en cualquier rincón del planeta y no ha de compartir ‘cartel’ con compañeros de equipo. Desde que surgió la figura de Nadal, se han ido incrementando sus adeptos incondicionales, sus partidarios. En España su imagen es imbatible. De Rafa se dice que es nuestro mejor embajador. “Es el deportista que todo deporte sueña tener”, y esa parece ser una verdad como un templo. España, por tanto, está llena de ‘nadalistas’ de norte a sur y, a medida que se incrementan sus logros, la admiración crece de forma evidente. Sin embargo, durante la final de Roland Garros, se sintió de un modo también evidente la reacción contraria. Quiere esto decir que ‘la corriente Nadal’ tiene sus detractores; que existe el ‘anti-nadalismo’, si se permite la expresión.
Empecemos analizando el hecho previo; el juego del tenis. Los tenistas descienden por línea ‘genético-deportiva’ de un señorito anglosajón que, con la vida resuelta, puso una red en mitad de su perfecto jardín para divertirse un rato. Si a esta caricatura le añadimos la perfección técnica hasta niveles de ‘Religious Experience’ (como escribió David Foster Wallace, un maldito y genial escritor estadounidense con un joven cadáver) tendremos lo más parecido a Roger Federer. Sin lugar a dudas, el individuo que mejor ha ‘interpretado’ el tenis de la historia.
Roger es la perfección de la ‘prima donna’, en un juego tan asociado a la ‘finneza’ como el engaño al área de penalti. Suficientemente distante, tirando a educado, técnicamente inmejorable (con lo que eso significa para los millones de niños que lo observan), el suizo es un ser humano sin excesivas virtudes pero con un don en la raqueta. Un tipo contra el cual sus rivales siempre han podido perder como el tenis merece, es decir, sin darle la más mínima importancia, pues, simplemente, jamás podrán jugar como él, y frente al que los diferentes públicos no podrán sentir sino la esencia de un invento tan británico; el profundo respeto que dispensaría un amante de la ópera a cualquier individuo a la hora del té sobre un manto verde con una red en medio.
Roger, por tanto, era el número uno ideal de este invento. El jugador aristocrático que todo tenista ha soñado con ser. Un tipo normal, con sus virtudes y defectos, a los mandos de una raqueta de leyenda, provocando un ‘oh’ y un ‘ah’ tras otro en amigos y rivales, desde Australia a Norteamérica pasando por Francia y Great Britain.
Y en esas estábamos, tan relajados, cuando un chaval de Manacor que crecía en un entorno de deportistas (¡incluso de futbolistas!), sin un mísero jardín donde tomar el té con una red en medio, y con la técnica del tenis enseñada por un hermano de su padre como simple herramienta para poder explorar, en realidad, los límites de la voluntad del ser humano ante cualquier reto, se entrenaba.
Mientras Roger jugaba y fluía, Rafa iba haciéndose un hombre, acampando su masculinidad poco a poco en el entorno de un bello juego con un finísimo patrón dominante.
Llegados a este punto del análisis, debo reconocer que en las primeras ocasiones en las que se enfrentaron Federer y Rafa, de una forma visceral también me sentí inclinado a desear la victoria del suizo, incluso la de cualquier otro rival que se enfrentara al tenista de Manacor, circunstancia que me sorprendió mucho, y que lógicamente llamó poderosamente la atención en mi entorno (con mayoría abrumadora de españoles, un ambiente, por tanto, lleno de ‘Nadalistas’ también viscerales), pero que tal vez me ha hecho reflexionar algo más de lo normal sobre lo que Rafa significa y provoca, que es mucho y muy potente, y como vimos ayer en París no tan homogéneo como sentimos en España.

El ‘Nadalismo’ resulta más apasionante porque existe el ‘Anti Nadalismo’. Os lo dice un enamorado del tenis que ha llegado a la conclusión de que jamás nadie jugará al tenis como Federer… pero que cada vez está más convencido de que Nadal es el firme candidato a ser el mejor jugador de todos los tiempos, con permiso de Rod Laver.

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